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1 de noviembre de 2010

Un mundo de escritores independientes

(o cómo publicar por fuera de las editoriales)

Publicación original: Revista Mundo Diners, Nº 342, Quito, noviembre de 2010

Antes (y cuando decimos antes a veces parece que habláramos del tiempo de nuestros abuelos, pero no, es hace poco, muy poco) publicar un libro era algo reservado para un pequeño círculo. O, mejor dicho, para dos. Por un lado, los privilegiados que, además de escribir muy bien, tenían los contactos suficientes o la suerte de estar en el lugar justo y en el momento adecuado para que la varita mágica cayera sobre ellos. Y, por otro, los que decidían costearse sus propias ediciones. Esto último exige, para que el precio por unidad sea rentable, embarcarse en una tirada de al menos dos o tres cientos de ejemplares, lo cual significa una buena cantidad de dinero, algo de lo que no muchos —está claro— pueden disponer.

1 de noviembre de 2009

El año de Robotech

Publicación original: Revista Mundo Diners, Nº 330, Quito, noviembre de 2009

El mundo era un niño que miraba la tele en blanco y negro cuando llegó a las pantallas una serie animada japonesa que estaba destinada a ser mucho más que otro dibujito. Corría el año 1985 y eso que estrenaban los canales de Occidente era distinto a todo lo que se había visto hasta entonces. No tenía nada que ver con los dibujos japoneses conocidos: Astroboy, Meteoro, Mazinger Z... Ya desde la presentación era diferente: una cinta de película aparecía desde abajo, luego un avión emergía desde unas compuertas, el piloto se acomodaba el casco blanco y rojo, una moto surcaba el espacio… Harmony Gold presentaba: Robotech. Y todo cambiaba para siempre.

1 de abril de 2009

El Valle de los Caídos: ¿y con la Historia qué hacemos?

Escrito para la revista Mundo Diners, de Quito, en abril de 2009, aunque nunca llegó a publicarse.

Poco después de que sus tropas ingresaran en Madrid, sellando así la victoria del fascismo en la Guerra Civil Española, el general Francisco Franco —líder de la rebelión convertido erigido en dictador vitalicio— tuvo un sueño. Dormido o despierto, soñó con un monumento de dimensiones faraónicas, que perpetuara su gloria venciendo al tiempo y al olvido. Que fuera, además, un gigantesco mausoleo para las víctimas de su cruzada y para sí mismo. Lo visualizó en la ladera de la sierra de Madrid, para que quienes llegaban o salían de la ciudad pudieran verlo y tener siempre presente su triunfo. El sueño tuvo, desde el principio, un nombre: Valle de los Caídos.