Publicación original: Revista Teína
Éxito de masas y fenómeno de culto, todo a la vez. Las entradas se agotan, los recitales se multiplican, la adoración se renueva. Sabina y la Argentina protagonizan una historia de amor difícil (¿imposible?) de explicar. Un espejo roto del que aquí se recopilan, apenas, algunos fragmentos.
2006. Noche del sábado 16 de diciembre. Buenos Aires acoge una versión condensada y posmoderna del diluvio. La tormenta acabó con una seguidilla de días de calor, inundó algunos barrios y obligó a Joaquín Sabina a terminar antes su recital. ¿Cualquier recital? No: ése que había esperado durante tanto tiempo, en la cancha de su querido Boca Juniors, el encuentro en un estadio con el público argentino que lo adora. Gran parte de los equipos de sonido se averiaron, las pantallas gigantes del escenario terminaron destrozadas. Con el comienzo de la lluvia, Sabina había anunciado: «Nos importa un carajo que venga el diluvio universal». Al rato sí le importó: «Me quedaría, pero me dicen que corremos peligro». Esa noche, c'est fini.
