Inédito
1. Uno o dos nombres propios
El nombre es la marca registrada del escritor. Por eso, por ejemplo, Fogwill trata de que todo el mundo se olvide de que se llama Rodolfo. Por eso Feiling en sus libros nunca fue Carlos Eduardo ni Charlie, sino “C.E.”; por eso nos costaría mucho darnos cuenta de que si nos hablaran de un tal Tomás Martínez, se estarían refiriendo al autor de Santa Evita. Hay un caso especial: el de los escritores cuyos nombres mutan con el tiempo, autores que firman sus primeras obras de una forma y luego pasan a rubricarlas de otra. Ahí tenemos la “F” entre el “Julio” y el “Cortázar” de sus primeros relatos, a Martini a veces como Juan y a veces como Juan Carlos, a Mario Goloboff anteponiendo Gerardo a veces. Y también al escritor que motiva este artículo: José Gabriel Báñez en sus dos primeros libros, Gabriel Báñez en todos los demás.
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1 de abril de 2007
1 de marzo de 2007
Entrevista a Gabriel Báñez: «La literatura es inamovible, pero la escritura es algo vivo, anárquico, tumultuoso»
Publicación original: Revista Teína
—¿Gabriel Báñez?
Lo pregunto creyendo que la respuesta será «sí, claro, subí esta escalera, andá hasta el final del pasillo, la última puerta a la derecha». Pero no. Lo que recibo es una expresión de perplejidad:
—¿Cómo?
Me explico:
—La editorial «La Comuna».
—Ah, sí.
—¿Gabriel Báñez?
Lo pregunto creyendo que la respuesta será «sí, claro, subí esta escalera, andá hasta el final del pasillo, la última puerta a la derecha». Pero no. Lo que recibo es una expresión de perplejidad:
—¿Cómo?
Me explico:
—La editorial «La Comuna».
—Ah, sí.
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